Capítulo X (secondo)

por Pablo

Tal y cómo prometí, he aquí la segunda de una serie de catastróficas entradas de Pablony Snicket.

Nos habíamos quedado en que la surcoreana (seamos francos, para cualquier occidental, y más para los españoles, es una china, sin más) nos había despertado a las 8 de la mañana. No la culpo, era jueves y la gente seguía teniendo clase. Así que aprovechamos el madrugón para ir por ahí, a pasear y a hacer cosas. Fuimos primero a una biblioteca preciosa, de estas antiguas, con estanterías (o lejas para los que solo entiendan el habla de Murcia) enormes repletas de libros carcomidos,ajados y usados, con escaleras corredizas y grandes mesas de caoba iluminadas por lamparitas de estas típicas de oficina vieja. Una maravilla. Claro que antes habíamos ido a una tienda de segunda mano a comprarme una parka casi tan chula como la biblioteca. Y solo por 10 euros, nena.

Después fuimos a la mal llamada plaza más fea de Florencia. Es una bastante grande, rodeada por una arcada altísima, muy basta, pero bonita. Es cierto que, en comparación el resto de la monumental Florencia es un poco sosa, pero tenía su encanto. Estuvimos allí un buen rato tomando el solecillo, que bien lo necesitaba. Hasta que fui, no me había percatado de lo importante que es el sol, dada mi condición de mediterráneo. Pero cuando llegué y vi el sol, me cambió el ánimo. O puede que fuera el hecho de ver a Paloma, a la que tenía ya muchas ganas de ver. O el hecho de que hacía casi dos semanas que no veía el sol directamente (no luz, sol) en Lille. O puede que coincidiera todo y ya.

Más tarde, mientras íbamos buscando un sitio donde comer, pasamos un mercadillo de antigüedades, y he aquí un retrato del momento: Bonico del tó

Y por fin hallamos el lugar que estábamos buscando. Era como el abuelo de los bocatas de Murcia, solo que con un poco más de gracejo. Y hacían unos bocatas que te mueres de buenos, lo único es que estaban tan salados que casi pierdo la vista. Esto es así porque los probos fiorentinos han aprendido hace poco a hacer pan con sal. La historia me la contó Paloma y es harto curiosa. Resulta que, como sabéis, en Florencia partían el bacalao los Médicis. Pero en Pisa, que está bien cerca, había otra familia, y se ve que pugnaban ambas por domeñar la Toscana. Y como Pisa está al lado del mar, pues decidió que para fastidiar, iba a poner un impuestaco que te cagas a la sal, para que los florentinos se arruinaran y así boyar ellos (¿os suena?) Y los florentinos, que son más chulos que nadie, dijeron: ah, ¿si? pues para listos nosotros. Y decidieron que para depender menos de Pisa, harían el pan sin sal. Con dos cojones. Así que eso de salar el pan es cosa de hace poco, de cuando empezamos a llegar los turistas que estamos acostumbrados a ciertos lujos como la sal en el pan.

Luego del bocata, fuimos a tomar un café a la terraza de una biblioteca que probablemente tenga una de las mejores vistas del Duomo. Hela aquí:

Tejados y Duomo

En siguiendo, volvimos a casa, a descansar un ratejo, pues esa noche habían organizado una fiesta en casa, para que el resto de personas que no me conocían, pudieran hacerlo. No les iba a quitar el gusto a los pobres. Así que estuvimos allí, haciendo cosas, y después fuimos a darnos una vuelta en las bicis mientras la compañera de piso de Paloma preparaba las cosas. Esa noche estuvo bien, la gente era muy maja y trajo cosas muy ricas de cena. Y bebí vino tranquilamente como los mayores. A posteriori anduvimos a una de las mejores ideas que probablemente hayan tenido los italianos tras la ópera, el renacimiento y el imperialismo comercial: una fiesta en la facultad. Me pareció una iniciativa genial eso de que te dejen un par de aulas y tu montes la fiesta allí. Luego lo limpias y todos tan contentos. De hecho cuando fuimos acababa de terminar una batalla de bandas y luego estuvieron pinchando buen bebop y mejor swing. Increíble.

Al día siguiente, tras levantarnos a una hora razonable, fuimos a hacer la compra, pues yo había prometido que iba a hacer una suculenta lasaña. ¿Que por qué? Pues porque tenía ganas de usar un horno. Y porque puedo. A ver qué os creéis. No hay fotos porque la lasaña literalmente voló de los platos. Solo diré que la bechamel me quedó sin un grumo, suave y delicada. Y que los pestoquesos hicieron un buen trabajo.

Y como buenos italianos de adopción, fuimos seguidamente a tomarnos un café a una cafetería cerca de casa, así muy mona, de estas un poco cursis que están tan de moda, que hacen cupcakes y galletas con glaseado de colorines. Bici en mano, partimos inmediatamente después a ver la ciudadela, ya sabéis, esas viejas fortificaciones militares. En Lille también tenemos una y no vamos fardando tanto. Y tiene militares de verdad en su interior. Y estuvimos allí, tomando la fresca, hasta que se hizo la hora de volver a casa, porque esa noche habían quedado para que unos italianos (de carne y hueso) vinieran a hacer pizzas (de masa y verduras) y estar de tranquis en la cocina. Pero eso queda para la siguiente (probablemente última) parte.

Vamos que nos vamos

Un abrazo.

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