Lille que a los tontos espabille

De Murcia a Lille, en Erasmus.

Etiqueta: pizza

Capítulo X (terzo)

Pues como lo prometido es deuda y no quiero problemas con los inversores de este blog, heme aquí que os presento la última parte de mi apasionante visita a Florencia (que así como nombre de ciudad es bonita y poética, pero imagináoslo para nombre de mujer. Es una jugarreta fea, si eres los padres)

Nos quedamos, queridos amigos, cuando iban a venir los italianos a fare la pizza. La verdad es que la velada estuvo guay, porque era todo rollo tranqui, con música en vivo y online (de nada Paloma por hacer que Spotify funcione en Itagliatelle) con pizzas sanísimas y con muy buen ambiente (incluso recuerdo que estuve hablando de Camarón con un gallego que estaba de visita y que tocaba en la calle) Después de todo eso, salimos un poco, pero era tan tarde que acabamos por volver temprano a casa, que había sido un día agotador.

Bien, en este momento de la historia hemos alcanzado el ecuador (puede que nos hayamos pasado en un día pero qué más da) de la visita. Confiando en que mi papa no lea esto, la idea original era ir solo 3 días (2,5 días si tenemos en cuenta los trayectos en bus y avión) pero al final cambié los vuelos y estuve 6 días. Así que si lo veis y habláis con él del tema, todo lo que viene a continuación nunca existió, ¿de acuerdo?

Prosigo. El día sábado nos levantamos solos en la casa. La surcoreana había dormido en otro sitio y la compi de Paloma había partido con su chorbo italianini a Verona (sí, hombre, sí, en donde el Romeo, el hijo del señor Montesco se mató en pensando que la Julieta, la hija de la señora Capuleto se había muerto, pero en realidad no, y luego la Julieta, la tonta, al ver el estropicio que había armao, pos se mató a sí misma también)

Así pues, por la mañana estuvimos haciendo el perro, hasta que entró gusa y, sin que sirva de precedente, Paloma ideó e hizo la receta. Sí, habéis leído bien, la hizo ella. Y estaba riquísima. No os diré qué fue porque fue un poco de todo, un pot-pourri de verduras y pasta. Yo por mi parte, di forma a la masa que sobró el día anterior e hice una focaccia. Focaccia

Después de comer, dormimos un poco la siesta, con la televisión italiana encendida. Desde aquí hago un llamamiento a los directivos de Mediaset España: Paolo y Silvio, no convirtáis la tele española en eso. Por favor os lo pido. Gracias de antebrazo.

Luego, fuimos a dar una vuelta por ahí. Estuvimos por los alrededores de Santa Croce, nos tomamos un vinito en un bar-librería y después fuimos al súper a comprar algo barato para cenar románticamente esa noche. El resultado, aunque algo parco, fue este: Ágape

Como puede comprobarse, si no eres mediterráneo en Italia revientas. Creo que incluso luego echan los restos de tu cuerpo explotado fuera del país. O eres mediterráneo o te vas, pone en sus aduanas (aunque ahora con el tratado Schengen no hacen falta) Estuvimos hasta tarde en casa, hablando. Y hablamos tanto, que Paloma se quedó frita en la cama. Así que aproveché la ocasión para ponerme raudo y veloz  ojear las noticias, menéame y demás droga digital.

El domingo era mi último día en la tierra toscana, así que fue bastante intenso. Por la mañana dimos una vuelta por el barrio, compramos pan, una porción de pizza y un nosequé relleno de berenjena y tomamos el bus que nos habría de llevar a Fiesole.

La posante sobre el mar de nubes

Como podéis imaginar, las vistas desde las colinas del pueblo sobre Florencia y la Toscana eran espectaculares. Además, como en todos los días de mi estancia allí, el tiempo era el propicio.

EaComimos, tomamos un café de termo, leyó, y nos volvimos, que no era de rigor pagar otra vez por un tique de bus. De vuelta a la jassa (fonéticamente se dice así allí) yo comencé a recoger los bártulos, las cosas que me había traído, las que me llevaba, las que dejaba, etc. Fuimos a cenar a una tasca, donde hacían paninnis (bocatas calientes, no penséis en pan-pizza) que estaban realmente buenos y eran realmente baratos. Después, paseamos, hablamos, nos quisimos. En fin, nos despedimos.

Fuimos al Ponte Santa Trinitá que tiene unos pilares enormes desde los que te puedes repantigar y ver el Ponte Vecchio la nuit. Y después, a  la Cité, un bar en la misma calle de su casa, con muy buen ambiente siempre y a todas horas, tanto para café a media tarde mientras lees un libro de los que allí venden, como por la noche con alguna de sus actuaciones en directo (próximamente Paloma y Los Spaghetti tocarán allí) como era el caso de esa noche. No, no cobro nada por esa publicidad.

Y después, pues volvimos a casa, y nos despedimos y a la mañana siguiente, también, porque no queríamos. Y el resto, me lo guardo. Que tampoco hace falta que sepáis todo.Fin de Viaje

Baci.

 

 

 

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Capítulo X (primo)

Bienvenidos una vez más a este blog. Múltiples historias les aguardan en esta nueva entrega, pues el viaje que realicé a Florencia fue intenso, largo y espléndido.

Todo comenzó, el día 20, a las 7 de la mañana. Tomé el metro para ir a la parada del bus que habría de llevarme al aeropuerto, y de allí a Florencia. Llegué justo cuando el bus se marchaba, aunque por fortuna paró amablemente para llevarme o de lo contrario hubiera perdido todo.  El vuelo de ida fue genial, pues puede estirarme en mi amplitud sobre los tres asientos de una fila, al estar el vuelo semivacío (o semilleno, no voy a ponerme pesimista) Al arribar a Pisa, estaba esperándome Paloma, aunque a primera vista no me había percatado

de ello. Cogimos el bus que nos llevaba a Florencia y estuvimos todo el trayecto hablando, porque hacía un mes que no nos veíamos físicamente y yo que sé, es algo que te pide el cuerpo.

Al llegar a su casa, comimos pasta (como descubriréis, la fama de Italia con la pasta es más que merecida. La comen a todas horas. De hecho es raro que no hayan inventado como pasta de chocolate para el desayuno [patente en trámite]) Una pasta muy rica con calabacín y bacón. Después de eso, fuimos a dar una vuelta por Florencia, aprovechando el buen tiempo imperante. Subimos en bus, saltándonos las normas, a la española, al mirador de la Piazza Michelangelo, desde el cual se domina toda Florencia y parte del extranjero. Después, bajamos andando para dar un voltio por los sitios más tipicos de la urbe renacentista: Duomo, Palazzo della Signoria, el David, Santa Croce y el Ponte Vecchio. Volvimos al barrio donde está su casa y nos metimos en un bareto a tomar el aperitivi, que por lo que se ve, allí se toma para cenar y no para comer. Al volver a casa, y para acabar con el hambre por completo, cenamos un par de sangüis de queso terriblemente apestoso que había traído de la France.

Al día siguiente, después de bueno, ya sabéis qué, fuimos al mercado de San Lorenzo, a hacer la compra para comer y esas cosas que hacen las personas. Pasamos por un edificio empapelado de billetes de dólar, no sé si falsos o de verdad. Y compramos para hacer esto: no hagáis caso de mi cara. Son unos tallarines (tararines que dirían en el pueblo de mi padre) con calabacín, anacardos y mozzarella de búfala.

Después de comer vinieron los coleguis de Paloma, a conocerme porque, ¿quién no querría conocerme? Así que hice galletas para agradecerles la visita y porque, bueno, porque me apetecía mucho usar el horno, que aunque las pizzas en la sartén hacen un poco de apaño, no se puede comparar. Son unos tíos muy majos, que no paran de hacer gracias.

Después fuimos a cenar a una pizzería, de esas de masa casera (esta era gorda porque era tradicional napolitana) y encima baratas. Con los ombliguillos tratando de salir de dentro hacia fuera, fuimos a un pub que yo conocía por allí. Pensarán que es un sinsentido esto que les digo, pero lo recordaba como un sitio muy guay y tenía ganas de volver. Por el camino fuimos haciendo turismo, metiéndonos por callejones a medio iluminar o asomándonos a los escaparates de los talleres artesanos del Oltrarno. Nos tomamos unas birras, de tranquis, y luego cogimos la bici de Paloma, que había sido hábilmente serigrafiada por sus coleguis y desde entonces lleva un dibujo de una polla en el sillín. Gracioso, ¿verdad? Volvimos los dos en la bici, tratando de no caernos, de que no nos tocara un coche.

Al final llegamos sanos y salvos, yo con un temblor en las rodillas de no poder sentarme en el sillín y caímos derrengados en el sofá cama, pues la experiencia mortífera de la noche anterior nos hizo movernos de su cama de uno por uno (siendo generoso) al salón, donde la amable surcoreana con la que comparte piso nos levantó a las 8 del día siguiente para ir al baño. Pero eso es otra historia que contaré a lo largo de esta semana.

Gracias por su atención